Relato: ‘Los caecis de Platón’ de Marta Osuna

 

De Marta Osuna. Ganadora de la IX edición www.excelencialiteraria.com

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—Te lo advertimos, Juan -dijo Hugo con voz triste.

Juan entornó los ojos, tratando de discernir la expresión de su amigo.

—Ahora estás medio ciego.

—No lo entendéis. Encontré una llave que me liberó de las cadenas que nos aferran los tobillos y conseguí salir de esta cueva. Y, aunque no me creáis, insisto: ¡fuera hay un mundo maravilloso!

—¿Cuántas veces vamos a tener que repetírtelo, Juan? Estamos bien así. Esta cueva es nuestro hogar. Aquí los «superiores» nos proporcionan lo que necesitamos para vivir.

—Los «superiores» os alimentan de mentiras; os muestran sombras de la realidad. ¿Acaso habéis visto su verdadero rostro? ¿No os habéis preguntado por qué ellos están fuera y vosotros no?

—¡Basta! -le interrumpió Nicolás, antes de echar un vistazo con disimulo, para comprobar que no eran observados por ningún «caecis». Los «caecis» eran los ciudadanos del «Antro», la caverna en la que se encontraban. Revolvió entre las piedras y, sacando un arma afilada, avanzó hacia Juan, hasta donde le permitieron sus cadenas.

—¿De dónde…? –empezó Juan, esquivando la puñalada.

—Los «superiores» nos las dieron –contestó Nicolás.

—¿Cómo podéis estar tan ciegos? –a Juan la voz se le estranguló. No le supuso un problema escapar, dado que él no tenía ataduras que le limitaran. Lo que le quemaba las entrañas era la ceguera de sus compañeros. Por ellos renunció a la belleza del exterior y regresó de nuevo al «Antro», aunque no ignoraba el peligro que corría.

Fue durante una de sus múltiples incursiones cuando oyó que alguien le llamaba:

– Pst, pst…

Una chica le observaba con sus enormes ojos ambarinos. Amparada por las sombras, se acercó hasta él. No ignoraba que los otros hablaban de Juan como un traidor que había abandonado a los «caecis» y se había dejado por el mundo exterior.

—¿Por qué vuelves, si sabes que quieren matarte? —le susurró.

—¿Cómo te llamas?

—Andrea.

—Andrea, me he fijado en que no eres como los otros «caecis».

—¿Quieres decir que soy torpe? Según Nicolás, soy incapaz de interpretar las señales que los «superiores» nos envían a través de las sombras que proyectan en la pared. Siempre saco conclusiones distintas a las del resto. Y me recrimina que haga preguntas.

—Nicolás se equivoca. Él es una marioneta que los «superiores» manejan a su antojo. Lo que no quiere es reconocer que representas un peligro.

—¿Yo?

Andrea trató de acercarse aún más a Juan, pero las cadenas de sus tobillos se lo impidieron.

El muchacho posó sus ojos en los de ella.

—Tienen miedo de que te liberes y de que, como yo, veas el exterior.

—¿Qué tendría de malo?

—Los «superiores» saben que si accedes al mundo exterior, ya no podrán controlarte. No los necesitarás. Y si eso ocurre con más «caecis», ellos resultarán innecesarios. Habrán perdido su razón de ser.

Los ojos de Andrea brillaron.

—¿Cuándo podré volver a verte? ¿Cuándo me ayudarás a salir de aquí?

En ese momento, la voz ronca de Nicolás convocando a todos los «caecis» rasgó la oscuridad. Juan sonrió. Arriesgándose a ser descubierto, abandonó su escondite para estrechar la mano que Andrea le tendía.

—Mañana mismo.

Aquella noche, la chica aprovechó el silencio para analizar lo ocurrido. ¿Y si Juan tenía razón? ¿Y si era ella la que vivía engañada? No sabía qué pensar, pero tenía claro que quería salir de la cueva. Y era tal la vehemencia de su deseo, que descubrió una llave en su bolsillo. Sin que ella fuera consciente, esa llave siempre había estado allí, esperando que ella la encontrara.

Al día siguiente, con la ayuda de Juan, pudo librarse de sus grilletes.

Marta Osuna

El mayor anhelo de Juan era que Andrea no fuera la única, sino que muchos otros despertaran de la rutina y decidieran embarcarse en la búsqueda de la verdad. Estaba convencido de que, poco a poco, se abrirían los ojos de los demás ignorantes.

***

Platón despertó. Contempló las primeras luces del alba, mientras en silencio recordaba su sueño.

Redacción

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