‘La casa’ de José María Olmedo del Campo

Paz

La casa de José María Olmedo del CampoGanador de la XVII edición www.excelencialiteraria.com

Fue en 1916. La Primera Guerra Mundial había sumido al mundo en una ola de terror. Pero, a pesar de las numerosas bajas, el ejercito francés seguía luchando con valor, en especial un soldado raso llamado Adrien Lacoste, quien había perdido a toda su familia durante un bombardeo a principios de 1915. Luchaba para vengar a los suyos.

Un día, en las trincheras, sucedió algo sorprendente: Lacoste fijó su mirada en una pequeña piedra multicolor que encontró medio enterrada. Decidió cogerla. Al principio le pareció una tontería, un pequeño capricho, dada la trágica situación en la que se encontraba, pero decidió guardársela para recordar, cada vez que la mirara, aquella batalla. Si es que salía vivo…

Arrancó la piedra del talud de defensa, al tiempo que un mando de su pelotón daba la voz de alarma. Adrien miró hacía donde señalaba el capitán y se horrorizó, pues el proyectil de un tanque enemigo iba directo hacia su posición. Convencido de que iba a morir, se acurrucó en el suelo con la extraña piedra apretada en el puño. Tuvo tiempo de pensar en lo feliz que había sido cuando su familia estaba viva.

Pasaron diez segundos. Adrien sabía que las explosiones no eran inmediatas, pero aquella espera resultaba demasiado larga. Reflexionó para darse cuenta de que no escuchaba ni disparos ni gritos. Asustado, abrió los párpados y enseguida se quedó con la boca abierta: no escuchaba nada porque se encontraba en un pequeño claro de un bosque, junto a una casa. Asustado, echó a correr, pero al llegar al borde del claro chocó contra una barrera invisible. Pensó que tenía que estar soñando, pero todo parecía tan real…

Se sobresaltó cuando de la casa salió una mujer con un bebé en brazos. Era una mujer alta, de pelo negro y rizado que lo saludó alegremente. A Lacoste casi le dio un infarto, pues se trataba de Teresa, su esposa.

Se pellizcó el rostro, pero ella seguía allí. En ese momento cayó en la cuenta de que en su mano continuaba la extraña piedra.

<<Soy un hombre de lógica>>, se decía, pues no comprendía cómo había llegado a aquel lugar.

No encontró explicación que no pasara por la piedra multicolor. Quizás fuese, nada más y nada menos, que una máquina del tiempo.

Al alzar la cabeza se sorprendió al ver que Teresa estaba a su lado.

-¿Dónde estabas? –le preguntó con naturalidad–. Te estábamos esperando para cenar.

José María Olmedo del Campo
José María Olmedo del Campo

Adrien se sentía cada vez más confundido. Ella se encontraba junto a él, con su hijo Jaques. Miró alrededor; no parecía haber indicios de ninguna guerra. Por un momento le pareció que la contienda había sido un mal sueño.

Antes de responder a su mujer, meditó un rato antes de tomar la decisión más difícil de su vida.  Se puso de pie, besó a su esposa y a Jaques, y los acompañó hasta la casa. Juntos, entraron los tres.

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