Crítica de ‘Drive My Car’: Todo está en los cuentos de Murakami

Drive my carDrive My Car

Haruki Murakami, el eterno aspirante al Premio Nobel de Literatura, ha sido utilizado en más de una ocasión como referente e inspiración de grandes cineastas. Sus textos, que reflejan como nadie las complejidades y dicotomías del ser humano, han sido adaptados a películas como Burning, Tokio Blues o Tony Takitani, entre otras muchas. El pasado 2021 fue el turno de Drive my car, un relato corto de apenas 40 páginas que, irónicamente, ha dado vida a un filme que se extiende hasta las 3 horas. La colosal cinta ha recibido premios y reconocimientos allá por donde ha pasado y se postula como la gran favorita al Oscar a Mejor Película Extranjera. Tras varios meses de recorrido mundial, finalmente ha llegado a España, donde puede verse en cines desde el viernes 4 de febrero.

Drive my car, dirigida por el ilustre Ryûsuke Hamaguchi, pone su foco en Yusuke Kafuku, un actor y director de teatro al que le ocurre una terrible tragedia. Sin haberse recuperado realmente, acepta el encargo de dirigir la obra Tío Vania en el festival de teatro de Hiroshima. En el proceso, tendrá que lidiar con los fantasmas de su interior a la vez que conoce a actores, productores y a Misaki, una joven que le servirá de chófer personal y con quien mantendrá conversaciones cada vez más largas y profundas. Poco a poco, ambos comenzarán a hacer frente a sus respectivos pasados a medida que la confianza crece.

Drive my car

La película comienza con un largo prólogo fascinante que reflexiona sobre el amor y la relación de pareja. Es aquí donde se asientan las bases de lo que vendrá después, pues Hamaguchi nos va revelando con gran sutileza y belleza las obsesiones y la forma de ser de su personaje. Lo profundo de su enamoramiento por su mujer Oto y lo claros que tiene sus principios con respecto a la vida. Todo es una suerte de ensoñación emocional provocada por el magnetismo de Oto, que traspasa la pantalla. Un lugar en el tiempo donde los sentimientos de felicidad afloran y se sobreponen a cualquier inconveniente. Ese es uno de los grandes poderes del amor a fin de cuentas. Pero esta ilusión se rompe en un momento determinado y es entonces cuando Drive my car comienza su viaje.

Es un viaje al centro del dolor, a la realidad que Yusuke debe vivir pero de la que solo pretende huir. La melancolía se presenta entonces en la película, impregnándola de un aura muy densa y lenta, donde los segundos transcurren muy despacio. Pese a que esto podría provocar que la cinta se perdiera en sí misma, la potencia de su guion mantiene a Drive my car en constante movimiento. A través de las conversaciones con Miskue y con el joven actor Koji Takatsuki, el protagonista inicia profundas reflexiones sobre la culpa, el perdón, el odio y la imposibilidad de salir adelante. Cada decisión que debe tomar duele como ninguna y cada trayecto en coche va eliminando capas que encierran su tormento.

Drive my car

Porque Drive my car es un hombre desnudándose, descubriendo los mecanismos que él mismo se ha autoimpuesto para evitarse hacer frente a lo ocurrido. Un autómata que se humaniza. El trato con Miskue es el más representativo de su proceso interno, pero realmente se puede apreciar con total claridad en la relación que mantiene con el resto de secundarios. Yusuke ha perdido el volante de su vida y se deja llevar, pasando por encima de todo sin que nada importe. Durante el metraje de este drama, lo que se aprende es a volver a poner los pies en el suelo y a combatir la soledad de quien se encadena a sí mismo, aunque la angustia sea insoportable.

La forma en la que Hamaguchi narra su historia es muy arriesgada. No solo es un drama carente de acción, sino que tampoco tiene apenas momentos catárticos ni de éxtasis, de esos que imprimen ritmo a lo que se está viendo. Drive my car, igual que el viejo coche rojo donde transcurre, se mueve a una marcha constante, sin acelerones ni frenazos. La dirección es prodigiosa, construyendo en el interior del vehículo un espacio que acoge mucha más verdad que el resto del teatral mundo que rodea a los protagonistas. Es en ese pequeño lugar seguro donde la magia del director japonés se fusiona plenamente con la de Murakami y se regalan las escenas más potentes visual y narrativamente hablando.

 

Drive my car

Quizá Drive my car pueda echar para atrás al público general. No es una película sencilla, está muy cargada de sentimientos tristes que se cuecen a fuego lento mientras la vida sucede como si no pasara nada. Pero quien tenga la valentía de meterse al cine y enfrentarse a ella descubrirá un retrato tremendamente certero de emociones amargas y humanas. Lo hipnotizante de cada una de sus frases y sus silencios puede más que la pesadez de su duración, provocando que al llegar los títulos de crédito (y obviando un epílogo absolutamente omitible), la sensación que permanece es la de haber experimentado una paliza emocional a todos los niveles. Igual que Yusuke, estamos exhaustos pero hemos aprendido a vivir a través del desconsuelo y la pena.

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